Desde la hipocresía de la clase media retratada por Alejandro Doria hasta los eternos dilemas económicos y políticos, la Argentina parece condenada a debatir los mismos temas una y otra vez sin llegar a soluciones definitivas.
No solo condensó argentinidad “Esperando la carroza” con la escena tan evocada por estas horas de las tres empanadas. “Yo soy un tipo progresista, pero esto es libertinaje”, decía en “Cien veces no debo”, encarnando a Julio Siri, el genial Luis Brandoni, inmenso traductor de la identidad argentina, quien lamentablemente acaba de dejar este mundo. El mismo Alejandro Doria retrató a través de la familia Siri a comienzos de la década del noventa la hipocresía de la clase media de doble moral. Un sector social que se dice moderno, abierto y democrático pero ante el primer conflicto concreto que le toca en carne propia -en aquella comedia, un embarazo no deseado de una hija que no sabe cuál de sus parejas la embarazó- recurre al autoritarismo, la represión, el conservadurismo.
Esa ambigüedad probablemente tenga algún parentesco con la forma en la cual acá se despliegan los debates nacionales. A menudo aparece en ellos una defensa de las instituciones, de la ética, de los derechos de los más débiles que sin embargo se abandona pronto delante de crisis económicas o de miedos colectivos. Los grandes debates en la Argentina son recurrentes. En general no se los llama grandes porque terminen resolviendo asuntos fundamentales para el desarrollo del país sino debido a su persistencia. Es decir, a su condición omnipresente. Siempre están, siempre vuelven. Se renuevan mil veces. Jamás se agotan.
Por algún motivo probablemente idiosincrático, el debate argentino es imperecedero, no un proceso cuya secuencia lógica consiste en desembocar en algo parecido a la solución de una dicotomía, a un remedio, una salida, por lo menos un camino escogido civilizadamente luego de lograrse un consenso. Más bien se trata de un artefacto (¿adictivo?) consagrado a la tarea de nutrir la circularidad argenta.
Ejemplos de debates que se repiten en cada ciclo político: si empresas como Aerolíneas o YPF deben ser públicas o privadas; si la inflación es un fenómeno monetario, multicausal o hay que perseguir a los supermercadistas; si el mercado de cambios debe estar controlado, ser libre o flotante; si hay que ajustar la economía o utilizar el gasto público como motor del consumo; si a los ajustes hay que hacerlos tipo shock o en forma gradualista; si conviene practicar el multilateralismo o alinearse con Estados Unidos; si no habría que tener una red ferroviaria idónea acorde con las distancias argentinas y un mayor aprovechamiento de las vías fluviales en lugar de transportar las cargas por el medio más antieconómico, el camión; si la universidad pública es una vaca sagrada intocable o convendría reformular el sistema de financiamiento estatal; si sirve sostener a las Fuerzas Armadas empobrecidas como están o hay que asignarles mayor papel en la lucha contra el narcotráfico; si la Corte debe estar integrada por cinco miembros, siete, nueve, quince o veintiuno; si no es hora de terminar con la Justicia politizada.
Están los debates clásicos: Buenos Aires versus el interior (de donde deriva el irresuelto tema de la coparticipación); campo versus industria; Estado versus mercado; sustitución de importaciones versus apertura económica. O la antinomia peronismo-antiperonismo con su consabida descendencia. Y por supuesto, una cantera inagotable de debates inconclusos es el pasado. Podría decirse que constituye la quintaesencia del debate sinfín. Cada nuevo gobierno, hasta los que son del mismo partido que ya gobernó antes, trae su propia receta innovadora, contrapuesta a lo ya hecho, para metabolizar el pasado sin importarle siquiera la supremacía de la Justicia, las eventuales sentencias firmes que hubiera habido (como la de la Corte Suprema en el juicio a las juntas). En cada capítulo se pretende que el debate de los derechos humanos vuelva a empezar, como si se tratara de una adaptación del 1984 de George Orwell, donde cada discusión empieza de cero porque no hay registro de los éxitos y fracasos previos.
Un asunto como las reglas del tránsito, que deberían estar casi tan amarradas como las leyes de la física, anima también debates renovables. Se discute por caso si las multas fotográficas por exceso de velocidad en las rutas no tendrían que resignar sus notorios propósitos recaudatorios en favor de la causa mayor de bajar el número de accidentes viales. Cuando temas así reaparecen uno no sabe si le surgió algún trastorno neurológico o es el país que se repite y se repite: ¿a esto mismo no se lo discutía hace veinte años? El lunes, casualmente, hubo que pellizcarse frente a la noticia de que el gobierno se dispone a impedir el uso indebido de celulares en las cárceles. ¿Estaré leyendo el diario de hoy o se me habrá caído de la boardilla un ejemplar de 2005? Las primeras noticias de presos que cometían delitos a la distancia mediante celulares introducidos en cárceles argentinas es del año 2000. Fue un problema internacional, es cierto, pero en otros países, como Estados Unidos, debatieron el problema hasta que un día tomaron una decisión.

